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martes, 21 de abril de 2020

El camino de la aceptación

Imagen tomada de internet

Por: Rocío Algara

Muchas veces vamos en el camino de la vida relacionándonos con las personas o las circunstancias como nos gustaría que fueran o sucedieran, lo que ocasiona que no estemos en el presente con lo que hay. De ahí surgen tantos malentendidos, frustraciones e irritaciones. Frecuentemente tenemos un concepto equivocado de aceptar y por eso tantas veces nos resistimos a practicar este verbo de conjugación diaria y necesaria para poder transformar o simplemente dejar de luchar cuando es en vano.

En el diccionario se define aceptar como: Recibir voluntariamente algo que se ofrece o propone. Creemos que recibir nos obliga a estar de acuerdo y no es así. Por todos estos equívocos con una acción que considero de ejecución vital, es que en este artículo les cuento lo que es y NO es aceptar, indispensable para poder fluir con la vida, dándose cuenta que aquello que nos negamos a aceptar, nos va a seguir sucediendo.

Tara Brach en su libro “Aceptación Radical” nos dice que el primer paso para poder salir de la trampa de nuestras propias creencias y miedos es aceptarlo absolutamente todo de nosotros mismos y de nuestras vidas, esto significa ser consciente de lo que está pasando en nuestro cuerpo y en nuestra mente en un momento dado, sin intentar controlarlo, ni juzgarlo ni evitarlo.

Esto no quiere decir que consintamos conductas dañinas, nuestras ni de los demás. Se trata de un proceso interior de aceptar nuestra vivencia concreta y del momento presente. Significa sentir dolor sin resistencia o sentir deseo o aversión hacia alguna persona o cosa sin criticarnos por alojar esos sentimientos ni sentirnos obligados a satisfacerlos o cambiar en algo nuestra experiencia.

Si nos apartamos de alguna parte de nuestra vivencia, si nuestro corazón cierra el paso a alguna parte de lo que somos y de lo que sentimos, entonces estamos fomentando los miedos y los sentimientos de separación que alimentan, a su vez, el trance de la falta de valor.  La aceptación verdadera empieza a desplegarse cuando nos asomamos a la vivencia del momento, soltando nuestras historias y recibiendo con suavidad nuestro dolor o nuestro deseo. Las dos partes que implica son:

  1. Ver con claridad.
  2. Recibir nuestra vivencia con compasión.

Nuestra presencia atenta es incondicional y abierta: nos mostramos dispuestos a estar con lo que surja, sea lo que sea, aunque deseemos también que cese el dolor o poder estar haciendo otra cosa. Ver la vida tal como es. No podemos aceptar sinceramente una vivencia si no estamos observando con claridad lo que estamos aceptando. Y ya teniéndolo claro, relacionarnos con lo que vemos con ternura y solidaridad. Cuando llevamos a cabo estas dos partes, empieza a pasar algo. Nos sentimos más libres, se nos presentan opciones, distinguimos con más claridad cómo queremos seguir adelante.

Lo que NO es Aceptación.

  • Aceptación no es Resignación. Se puede interpretar como una excusa para conservar malos hábitos como cuando decimos: “Yo soy así, acéptame como soy y no voy a cambiar nunca”. Hay una gran diferencia entre rendirse y saber que ya fue suficiente. Jorge Bucay dice que la diferencia entre ambas es que aceptar es abandonar el apego a la idea previa de las cosas y permitirte comenzar a producir el cambio desde allí con esos datos y con esas herramientas. Resignarse es declararse vencido y supone abandonar los sueños junto al deseo de hacerlos realidad. Aceptar no es resignarse, es en todo caso, perder la urgencia.
  • Aceptar no significa que nos definamos en función de nuestras limitaciones, no es una excusa para desistir. Al aceptar la verdad del cambio, que no sabemos cómo se desenvolverá nuestra vida, nos abrimos a la esperanza que nos permite avanzar con vitalidad y fuerza de voluntad.
  • Aceptar no es autocomplacencia. No es decir: “Acepto este deseo que tengo y, por tanto, voy a satisfacerlo”. Si bien es importante no negar ni reprimir nuestros deseos, también es importante ser conscientes de lo que nos motiva y cuáles son los efectos de nuestra conducta.
  • Aceptar no nos vuelve pasivos. Cuando notamos que nuestra conducta o la de alguien causa sufrimiento, sentimos el deseo natural de poner en marcha un cambio. Antes de actuar o de reaccionar, nos permitimos sentir y aceptar nuestro duelo de la situación, cultivando las bases de la acción eficaz.

Cultivando una presencia incondicional y llena de aceptación, dejamos de hacernos la guerra a nosotros mismos y de tener a nuestro yo descontrolado e imperfecto en una jaula de críticas y de desconfianza. El límite de lo que podemos aceptar es el límite de nuestra libertad. En este camino sagrado de la Aceptación, más que aspirar a la perfección, descubrimos el modo de alcanzar la plenitud a base de amarnos a nosotros mismos.

Nota: en FB en el grupo Amor 360º en la charla con este tema, hay una práctica para ejercitar la aceptación.

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