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jueves, 26 de abril de 2018

Les castigué el postre a mis hijas. Crónica del delito

Les castigué el postre a mis hijas. Crónica del delito

POR: Gina Tager

 

Agotada.

Ayer ya no podía más, estaba enojada, desgastada, molesta, dolida, gritando por todo y regañando a diestra y siniestra. Uno de esos días donde difícilmente podía conectar con mi centro, uno de esos días donde a pesar de la buena voluntad, las vísceras ganan, nos toca escuchar reclamos que se quedan grabados y nos toca actuar de formas que crean una guerra contradictoria dentro de nosotros mismos.

En mi intento por educar, combinado con la ola de emociones que sentía, me desesperé tanto que les castigué el postre a mis hijas.

¡¿Por qué?!

Sí. A sabiendas de que no era la mejor elección, había una gran bola de nieve con muchas otras cosas a considerar y, a sabiendas de que era una elección equivocada, fue lo único para lo que mis fuerzas dieron…

ESTABA AGOTADA. Tanto que apenas se fueron a casa de su abuela cerré los ojos (para descansar 5 minutos) y los volví a abrir 14 horas después.

Dentro de todos los retos que me ha puesto la Vida, la maternidad ha sido y sigue siendo uno de los más grandes y una de las más grandes enseñanzas.

Desde que tengo memoria quise ser mamá. Cuando otros decían querer ser astronautas, bailarinas, médicos y artistas, yo decía “Quiero ser Mamá”. Es algo que jamás cuestioné y que siempre supe que llegaría para ser parte de mi Vida.

Si bien creo que esa era mi intuición sabiendo y asegurándome que llegaría el día, mi falta de cuestionamiento y reflexión aportaron al cubetazo de agua fría que me llevé cuando el momento se hizo realidad.

No me malentiendan, amo a mis hijas profundamente, y he encontrado especialmente en la primera a una de las más grandes maestras que la Vida me ha podido dar. Sin embargo, estas lecciones y este aprendizaje no siempre llegan como miel sobre hojuelas. Bastó tenerla en mis brazos y saber que me tocaba hacerme responsable de ella para sentir que el peso del mundo entero se me venía encima.

Han pasado 7 años, llenos de retos, cambios, pérdidas, descubrimientos y aprendizajes. Y si bien no todos están directamente relacionados con mis pulgas, todos ellos afectan de una u otra manera la forma en la que juego mi rol de madre y sobre todo aquello que aprenden de mí.

He pasado de ser una mamá casi 100% autoritaria a probar distintas formas de educar.

Viví la ansiedad y el estrés de pensar que llegaba la hora del baño, porque esa chiquita que parecía toda una extraña para mí parecía no entender lo que eran el orden, la paz y la tranquilidad.

Pasé por distintos profesionales quienes, cada uno a su manera, me fueron dando una pieza más de este rompecabezas enseñándome desde el típico “los hijos son un claro reflejo de los padres” hasta el “de plano algunas mujeres no están hechas para ser madres”… conocí también a personas más compasivas que me ayudaron a entender que cada quien tiene una personalidad diferente y que mi rol como madre es encontrar la manera de combinar la mía con la de estas chiquitas, y ayudarlas así a fomentar sus propias cualidades.

Risas, lágrimas, frustración, miedo, sueños, emoción, besos, gritos, castigos, premios, amenazas, aprendizaje y sobre todo errores, MUCHOS ERRORES.

¿Me es fácil decirlo? En lo absoluto.

Si hay alguien que teme equivocarse y se recrimina cualquier error, soy yo. No por nada lo trabajo todos los días.

Si algo he aprendido, es que si la forma en la que veo y siento un error no es productiva, no me suma y no construye ningún aprendizaje, necesito cambiar LA FORMA en la que lo veo. La objetividad nace de la neutralidad, la habilidad para reconocer lo positivo y lo negativo en cada experiencia, y aprender de ambos, sin emociones desbocadas, sin conflictos… simple aprendizaje sin juicios y sin evaluaciones.

Como ayer. Les castigué el postre… y podría autoflagelarme en secreto por horas por haberme desesperado, haber sido muy dura, por haber caído en viejas dinámicas, y un largo y tortuoso etc., que no es en nada productivo, y peor aún…

…al final ¿la tortura es necesaria? ¿fue el episodio mi error? o ¿más bien es la consecuencia de mi error?

Porque no, el problema no fue el castigo, ni la pérdida emocional momentánea de “mi lugar feliz”, esas son consecuencias evidentes de algo mucho más simple:

CANSANCIO

Mi error fue no darme cuenta a tiempo de lo AGOTADA que estaba, lo mucho que necesitaba una pausa, tanto que mi mente y mi corazón cortaron el canal de comunicación.

Este es uno de los aprendizajes detrás de esta experiencia. Esto es algo con lo que definitivamente sí puedo trabajar, y es simple, necesito DESCANSAR. Y se vale.

Con toda la dificultad que para mí representa decirles esto, les digo que cometer errores ESTÁ BIEN, SE VALE. Se vale intentarlo, se vale no ser perfectos, y sobretodo se vale levantarse, sacudirse y seguir adelante.

En mi caso, en esta ocasión se valió aprender que, una vez más, es imperativo poner mi bienestar como prioridad, porque a mis hijas de nada les sirve una mamá agotada que no quiera ni escuchar palabra; y más allá de eso, no es la mamá que brota de mí cuando estoy descansada y en mi centro, sé que me siento mejor cuando ESTOY mejor.

¿Quieres sentirte mejor?… prueba ESTAR mejor.

Si estás en este punto de ansiedad y desesperación, con cualquier reto que tengas en este momento en tu Vida: RESPIRA, TRANQUIL@, LO ESTÁS HACIENDO BIEN.

Tómate un momento, escanéate y ubica qué es lo que tú necesitas. Si, como en mi caso, se trata de unas horas de sueño, créeme que después de entender y atender la necesidad, las cosas se verán muy diferentes.

Mi experiencia con la maternidad me ha dejado muchas enseñanzas. El gran impacto que tiene mi bienestar en las personas que me rodean, especialmente. Es simple, si yo no estoy bien, mis hijas difícilmente lo estarán. La importancia del autocuidado, de procurarme momentos para alimentar mi Alma, no puede ser negada.

Y a ti… ¿qué experiencias de tu Vida te están dejando grandes aprendizajes?

Tod@s tenemos la capacidad de cometer errores, entonces ¿quiénes somos para negarnos ese derecho? ¿Quiénes somos para juzgarnos y torturarnos por ser humanos y darnos completos tal cual somos y nos sentimos?

A mis hijas, también les dejé una gran lección. Una de empatía.

Enseñar a nuestros hijos a cometer errores, a pedir perdón, a entender que cuando la gente está cansada, simple y sencillamente, necesita descanso, tampoco tiene nada de malo.

¿Qué mejor legado?

* Texto original publicado en: ginatager.com.mx

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