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viernes, 22 de septiembre de 2017

La Princesa Interna

La Princesa Interna

POR: Gina Tager*

 

¿En qué piensas cuando escuchas la palabra PRINCESA?

Inocencia, bondad, capricho, debilidad, dependencia, vanidad, romance, belleza, superficialidad, cuentos de hadas, brujas, hechizos… son algunas de las palabras que me vienen a la mente y con las que he relacionado este concepto a lo largo de mi Vida.

Lo que nunca pensé es que tuviera algo que ver conmigo y también con todas las mujeres de este mundo.

En su momento, Marc David (Fundador del Instituto para la Psicología de la Alimentación) me mostró -a través de los Arquetipos de Jung– a la “Princesa” que vivía dentro de mí, hambrienta de aceptación. Sobra decir que su tiempo necesitaba llegar a su fin, o al menos comenzar a hacerlo… considerando que yo ya pasaba de los 30 años en ese momento.

Lo que por mucho tiempo taché como una “innecesaria necesidad de aceptación” era la voz de mi Princesa Interna avisándome que ahí estaba y que, más que ser un estorbo, era una parte esencial y bastante ignorada de mi evolución como mujer.

La Historia de la Princesa Interna

Toda niña sueña con ser la “Princesa de Papá”, ahí empieza el cuento. Es ahí donde nace la Princesa Interna y una buena parte de su suerte se desarrolla bajo la sombra de un padre o Rey protector, fuerte, sabio y en cierto sentido todopoderoso.

Como mujeres, podemos rebelarnos todo lo que queramos ante el concepto de la princesa desvalida que necesita de un príncipe azul que la rescate, y hacemos bien, no es este el tipo de Princesa Interna que queremos crear para nosotras mismas o para nuestras hijas. Sin embargo, hacemos mal en querer negar su existencia.

Hay princesas fuertes, seguras de sí mismas, poderosas y libres en la expresión de su feminidad. El arquetipo de la princesa es tan poderoso, por un detalle muy simple: donde hay una Princesa, no solo hay un Rey, también hay una Reina.

Hombres y mujeres por igual necesitamos sentirnos queridos, vistos, admirados, elogiados, contenidos, protegidos, valorados y, de ser posible, que nos repitan cuán amados somos una y otra vez. Esto es parte de nuestro crecimiento y desarrollo como seres sociales que somos y no debemos tomar estas necesidades como señales de debilidad. Como mujeres, no requerimos que nadie nos rescate eso es un hecho, pero sí necesitamos tener la fuerza, el autoestima y la seguridad para hacerlo nosotras mismas cada vez que la Vida nos rete. También necesitamos (todos) tener la humildad para saber pedir ayuda y la sabiduría para detectar en quién podemos confiar y en quién no.

¿Qué niña no busca protección, cobijo y reconocimiento del Rey y la Reina de su hogar?…

…¿Está mal?

Mi respuesta es no, no tiene nada de malo. Esa, es la Princesa que llevamos dentro.

Una faceta importante que llega a durar hasta los 25-30 años. Durante este tiempo, toda mujer se dedica a TOMAR del mundo para poder construir cimientos internos fuertes y estables que le reafirmen su lugar y su valor. Sí, se espera que a los veinte tengamos más claras las cosas que a los ocho o a los catorce, sin embargo, este personaje continúa nutriéndose de cualquier afirmación externa hasta la edad adulta.

En nuestros veintes aún necesitamos tomar para poder crear. El exterior aparenta ser más importante que el mundo interior porque apenas estamos en proceso de crearlo. A través de los reflejos de nuestro exterior, aprendemos a conocernos, a conectar con quien realmente somos y a descubrir nuestro verdadero poder y valor.

¿Por qué importa esto?

Porque como en todo cuento de hadas, existen hechizos.

Uno de los peores:

LA ETERNA SENSACIÓN DE INSUFICIENCIA.

La constante sensación de peligro y competencia entre nosotras, y la necesidad de hacernos menos para poder sentirnos un poquito más.

En esta tierna etapa donde el exterior nos sirve de alimento, donde los mensajes que recibimos son las bases para la creación de nuestros cimientos internos, este hechizo es uno de los que más debilita, roba poder y crea la ilusión de nunca estar a la altura.

Este es un riesgo muy alto para las Princesas Internas de nuestras hijas y para la sociedad en general.

Difícilmente una Princesa débil puede abrir el paso a una Reina fuerte, segura, digna y poderosa. Al punto de toparnos con Princesas Tardías que, en vez de tomar su papel como Reinas (de la cual hablaremos más en artículos futuros), comienzan una competencia con las verdaderas Princesas del hogar.

¿Cuáles? Aquellas que por derecho cronológico (edad) necesitan ser las que se sientan provistas, nutridas, protegidas, elogiadas y, sobre todo, que cuenten con el claro y firme ejemplo de una Gran Reina como su guía.

Es por eso que cuando descubrí a mi débil Princesa Interna, más que dedicar mi tiempo a señalar o a buscar culpables por el pobre estado en que la encontré… a Disney, al estilo de crianza de los ochenta, a los ideales del amor romántico perpetuados por la industria Hollywoodense o a cualquier situación ajena, mejor tomé en mis manos la responsabilidad de verla, honrarla y nutrirla, de una buena vez, porque mi mundo cambia a través de mí, sólo de mí.

Fortalecerla, alistarla para poder comenzar a visualizarme como una Reina fuerte y soberana, dueña de mí misma, libre de complejos y estereotipos débiles; porque la palabra “Princesa”, hoy TAN temida, no es el problema, es la interpretación que le damos lo que necesitamos corregir. Esto no le toca a Disney, nos toca a nosotras ser el ejemplo, nuestras hijas tienen que poder estar expuestas a toda clase de estereotipos sin que éstos las definan.

Soy madre, y como tal, se lo debo a mis hijas y a sus Princesas Internas.

Y… ¿dónde queda la Princesa Interna una vez nacida la Reina?

Hoy la reconozco como parte integral de la que llamo mi “Tribu Interna”, ese grupo amplio y variado de facetas que nos caracterizan, la voz de la Princesa siempre estará ahí, pero ya no como la protagonista de la historia.

Esa Princesa es la que siempre agradecerá un elogio, la que pestañea y sueña despierta, la que romancea, juega y se ríe sin pensar en las horas, esa que me recuerda a la niña que alguna vez fui, la que me mantiene joven por dentro y lista para enfrentar lo que venga, nunca víctima, siempre soberana. Es también aquella que me recuerda todos los días que para dar, hay que saber tomar… la que me enseñó la diferencia entre la necesidad de protección y el sentimiento de desvalimiento, porque no, no son lo mismo.

Seguiré cuidándola, como una parte de mí, como medio para poder recordar y así ser empática con las nuevas generaciones a las cuales les tocará nutrirse de mi ejemplo.

Mi consejo…

No sientas miedo si tu hija quiere ser Princesa, en verdad que no tiene nada de malo, enfócate mejor en ser el tipo de Reina que merece ser seguida y admirada. La Reina que quieres que ella sea en el futuro, completa, sabia, humilde, agradecida, fuerte, poderosa, segura de sí misma, de su cuerpo y orgullosa de verse todos los días frente al espejo.

 

Conócete~Ámate~Aliméntate

 

*Texto publicado originalmente en: ginatager.com.mx

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