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martes, 11 de agosto de 2020

La ilusión del ego

Imagen tomada de internet

Por: Dany Dharma

Según el budismo, entre las numerosas facetas de la confusión, la más perturbadora es la que consiste en aferrarse a la noción de una identidad personal: el “ego”. Al identificarnos con este rótulo, congelamos las cosas convirtiéndolas en entidades artificiales, perdiendo la libertad interior, del mismo modo que el agua pierde su fluidez cuando se transforma en hielo.

Esta enseñanza distingue un “yo” innato, instintivo, cuando pensamos por ejemplo: yo me despierto o yo tengo frío, y un “yo” conceptual, formado por la fuerza de la costumbre, al que atribuimos diversas cualidades y que cada uno de nosotros lo representa como el centro de su ser, independiente y duradero.

Nuestra relación con los seres y el entorno es fundamentalmente de interdependencia y nuestra experiencia no es otra que el flujo mental del continuo de conciencia, pero estamos tan acostumbrados a poner sobre ese flujo la etiqueta de un ego con el cual nos identificamos, resultando un poderoso apego al “yo” y a la noción de “mío”. Mi cuerpo, mi nombre, mis posesiones, mis títulos y un largo etcétera.

En primer lugar, concebimos el “yo” y nos apegamos a él. Después concebimos el “mío” y nos apegamos al mundo material. Y como agua cautiva de la rueda del molino, giramos en redondo, impotentes. Palabras del filósofo indio Chandrakirti.

En nuestra experiencia cotidiana, el yo nos parece real y sólido. Pese a no ser, desde luego, tangible como un objeto, experimentamos ese yo en su vulnerabilidad, que nos afecta constantemente: una simple sonrisa nos produce de forma inmediata alegría y un fruncimiento de entrecejo nos disgusta.

Si exploramos la mente, la palabra y el cuerpo, nos vamos a dar cuenta de que ese yo no es más que un término, una etiqueta, una convención, una designación. El problema es que esa etiqueta se considera algo, y algo que normalmente llamamos reputación concediéndole demasiada importancia.

Un análisis riguroso nos obligaría a concluir que el yo no reside en ninguna parte del cuerpo. No está ni el corazón, ni en el pecho, ni en la cabeza. Tampoco está disperso, como una sustancia que impregna todo el organismo. Tendemos a pensar que el yo está asociado a la conciencia, pero la conciencia es también un flujo inaprensible: el pasado está muerto, el futuro no ha nacido y el presente no dura. ¿Cómo podría existir un yo suspendido como una flor en el cielo, entre algo que ha dejado de existir y algo que no existe todavía?

Así pues, el budismo concluye que el yo, no es más que un nombre mediante el cual designamos un continuo, igual que llamamos a un rio Nilo o Amazonas. Un continuo así existe, desde luego, pero de forma puramente convencional, desprovisto totalmente de existencia real.

El ego es el resultado de una actividad mental que crea y mantiene viva una entidad imaginaria en nuestra mente. El yo no es más que una idea, pero tenemos una tendencia innata a suponer que las entidades son duraderas. Es más fácil funcionar en el mundo dando por sentado que la mayor parte de nuestro entorno no cambia de minuto a minuto y tratando la mayoría de las cosas como si fueran eternas.

Cuando predomina el ego, la mente es como un pájaro que choca constantemente contra un muro de cristal, el de la creencia en el ego, y de este modo empequeñece nuestro universo y lo encierra entre sus estrechos límites, pero el muro es invisible porque no existe de verdad; es una construcción mental. Hay que abandonar ese apego a nuestra imagen egocéntrica, dejar de concedernos tanta importancia personal, lo cual equivaldría a obtener una inmensa libertad.

Bibliografía:

En defensa de la felicidad, Matthieu Ricard, Editorial Urano

Autor: Escritor, conferencista, coach de vida e instructor de meditación

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