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Lunes, 13 de julio de 2015

Nacer de nuevo… un regalo de vida

flores

Siempre he sido muy reflexiva. Siempre.

Esa terrible costumbre de analizar y tratar de encontrar explicaciones a todo y ahora no sólo eso, además, de entender y encontrar las lecciones por aprender en cada suceso, en cada persona, en cada palabra.

Incluso en los momentos donde parece que se trata sólo de instantes de magia.

Y es que a veces siento que las lecciones se me pasan de largo sin darme cuenta y me asusta pensar que voy cambiando de rumbo a cada instante y me voy saliendo de la ruta para inventarme un camino nuevo y así a cada momento y…

En eso pensaba cuando conocí a Evelyn.

Hija de inmigrantes Salvadoreños, casi en los 50 años de edad y con una historia de vida sorprendente.

Lo primero que me dijo cuando nos conocimos fue que había cosas de su pasado que no recordaba.

“Dicen que mi pasión era organizar fiestas y que era muy buena para las manualidades, ya sabes, los adornos de mesa, las figuras con globos, los arreglos de flores y esas cosas. Pero yo no me acuerdo muy bien. He empezado a recordar esas cosas pero…”

Hace unos años, me dice, estuve en coma.

Durante más de un mes, Evelyn estuvo conectada a respiradores artificiales. “Máquinas y tubos que me mantenían con vida, pero yo estaba inconsciente. Incluso los médicos le dijeron a mi familia que era mejor desconectarme y dejarme ir porque si despertaba, yo sería como un vegetal. Mi mamá no quiso, dijo que ella iba a permanecer a mi lado y me iba a cuidar hasta que regresara. Se negó a aceptar la petición de los médicos y gracias a eso, gracias a ella, yo estoy viva”.

Cuando abrió los ojos no pudo reconocer a nadie. Había olvidado totalmente su pasado.

Tuvieron que pasar muchas terapias, muchos  tratamientos y muchos años para que Evelyn pudiera retomar su vida, reinventar su vida.

Me enseñó unas fotos en su celular, aunque sin emoción pudo hablar un poco de las imágenes.  Eran salones para fiestas adornados con todo tipo de detalles.

Una vez más insiste, “eso dicen que hacía antes, hoy tengo un comedor y preparo comida latina, a la gente le gusta y yo pues, poco a poco voy haciendo cosas, voy haciendo mi negocio”.

Mientras platicamos, en una de esas charlas cortas donde uno apenas puede sorprenderse, sin darse tiempo para pensar en explicaciones o en lecciones aprendidas, Evelyn repite aquella frase hecha de, “nací de nuevo”.

Así, simple, sin reflexiones ni razonamientos lógicos, ella sólo sabe que hoy está viva, viva de nuevo.

No se pregunta si duele el pasado, si hace falta un recuerdo, un camino recorrido, un paso andado o un futuro planeado…

Aunque nos debemos una plática larga donde, por supuesto, tendrá que contarme su historia completa, responder mis preguntas, dejarme hurgar en su mente aún sin recuerdos, hoy le di las gracias, gracias infinitas, porque en menos de 10 minutos me arrancó de mis propios pensamientos, me dio la respuesta sin haberla pedido y me hizo saber que al final sólo se trata de mirar adentro, de escuchar al otro, de no creer en todo lo que te dicen que eres, que te gusta, que quieres o que solía hacerte feliz, porque si un buen día resulta que te quedas sin pasado, sin recuerdos, lo único que te queda es reírte mucho, probar cosas nuevas, arriesgarse un poco y descubrir en realidad que eres alguien nuevo.

Y que sólo te queda probar para saber qué te gusta, qué te emociona, o qué te molesta, qué te hace vibrar y emocionarte hasta llorar o qué te enoja y te hace gritar, para no creer que eres esa imagen congelada en la pantalla de un celular donde simplemente no encuentras tu mirada o el cuerpo inmóvil conectado a una máquina.

Después de escucharla, con su voz suave, su mirada un poco extraviada, no hay pensamientos que ronden, no hay intentos siquiera de creer que no hay casualidades, hay sí un silencio agradecido que me llena de paz y de confianza.

Es cierto, a veces, no hace falta nada.

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