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Lunes, 15 de junio de 2015

El mal que no quiero

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El interés del gobierno por elevar la calidad de vida de los habitantes de Groenlandia dio origen a un grupo de niños sin raíces…

Iniciaban los años cincuenta y en Groenlandia el pueblo inuit, originario del lugar, se encontraba con una existencia complicada, las condiciones de vida eran difíciles, la gran mayoría de la población se dedicaba a la caza de las focas.

Enfermedades como la tuberculosis golpeaban a los habitantes, muy pocas personas hablaban la lengua oficial que es el danés. Dinamarca, preocupada por las condiciones de vida de su colonia, decidió que la mejor manera de impulsar el desarrollo era crear un nuevo tipo de ciudadano, para ello seleccionaron niños entre 6 y 10 años para ser educados como daneses, reinsertarlos en la sociedad de Groenlandia y así contribuir a elevar su nivel cultural y social.

Las familias locales sufrieron una enorme presión para permitir que sus hijos fueran trasladados durante seis meses a Dinamarca con el fin de ser educados, 21 familias cedieron y los niños fueron llevados al continente; estuvieron en cuarentena y luego fueron colocados entre familias danesas para que absorbieran su cultura. Un año después la mayoría regresó a Groenlandia, pero algunos fueron adoptados definitivamente por familias danesas.

No fueron reintegrados a sus familias, se les prohibió hablar groenlandés y continuaron su vida en un orfanato bajo control del gobierno hasta su mayoría de edad.

El resultado del experimento fue un rotundo fracaso, el interés del gobierno por elevar la calidad de vida de los habitantes de Groenlandia dio origen a un grupo de niños sin raíces, sin identidad, marginados entre su propio pueblo, algunos se volvieron mendigos, otros cayeron en el alcoholismo y murieron jóvenes; impedidos de hablar su lengua natal se convirtieron en extraños entre su propia gente y perdieron su identidad y propósito de vida.   

Triste ejemplo de imponer nuestra visión de lo bueno para un pueblo que a nuestros ojos está subdesarrollado. Muchas veces lo que nos parece bueno para los demás se encuentra más en nuestros ojos que en la realidad del otro ser humano, creemos que al brindar un medio rodeado de mayor cantidad de satisfactores materiales contribuimos a hacer más feliz al ser humano, pero la realidad nos demuestra que tanto sufría el campesino de la época medieval ante el lecho de su hijo moribundo, como ahora el ejecutivo de una compañía de informática en la misma situación. El grado de desarrollo no necesariamente asegura nuestra felicidad.

 

Recuerdo haber visto en alguna película una escena en la que un niño, intentando ayudar a un polluelo a nacer, le causó la muerte al abrir el cascarón antes de tiempo. Debemos tener mucho cuidado de que nuestra ayuda a los demás no haga el mismo efecto.

Creemos ayudar a nuestros hijos cuando tratamos de decirles qué es lo que deben sentir y por quién sentirlo, proyectando en su vida los sueños que no pudimos cumplir en la nuestra, impulsándolos a elegir según nosotros una buena profesión, aunque no sea la vocación que se encuentre en su corazón, dirigiéndolos hacia un deporte o arte en particular porque ese es el que late en nuestra alma; pretendemos que su amor elija como pareja a quien nosotros elegiríamos para nosotros, olvidando que es su amor y no el nuestro el que ha de vivir en ellos.

Ayudamos a nuestra pareja tratando de someter su vida a un crecimiento espiritual que para nosotros es el adecuado, como si ella no pudiera decidirlo; sin piedad metemos el dedo en la llaga de sus defectos, con brutalidad intentamos demostrarle cómo relacionarse con sus padres o hermanos, la forzamos a despertar su ambición en áreas de su vida que sólo para nosotros son prioritarias, le hacemos el “favor” de ayudarla a desarrollarse como ser humano, un ser humano diseñado y pensado por nosotros sin tener en cuenta su individualidad.

Queremos hacerle bien a nuestra sociedad con una actitud de superioridad que pretende decidir qué es lo adecuado para sectores que nosotros consideramos retrasados, como en el caso de los inuit; olvidamos que el mundo no es solamente lo que nuestros ojos ven o lo que nuestra mente nos dicta, que como seres imperfectos se nos escapan miles de matices de una realidad que creemos comprender plenamente y por la que vamos dando palos de ciego intentando encontrar nuestro camino.

Reconocer que este mundo es mucho más complejo de lo que nuestras limitadas mentes pueden llegar a comprender y el reconocimiento de nuestras propias limitaciones nos puede ayudar a evitar que acabemos haciendo el mal que no queremos, en lugar del bien que queremos hacer.

* Licenciado en Ciencias Sociales, Maestro en Educación y Mercadotecnia, Doctor en educación, Maestro universitario.

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