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Sábado, 14 de octubre de 2017

¿Hay que bajarle al ritmo en la forma de vivir?

¿Hay que bajarle al ritmo en la forma de vivir?

POR: Gina Tager*

 

¿Y si te digo que tu forma de COMER es equivalente a tu forma de VIVIR?

¿Y si te digo que una refleja y/o equilibra a la otra?

¿Te dice esto algo?

Para mí fue una gran revelación. Especialmente porque comprendí que mi manera de correr, de y hacia todo, impedía mi experiencia real de Vida, al igual que mi manera de correr al comer impedía que mi metabolismo lograra ser lo que podía llegar a ser.

Y, sobre todo, que la manera de hacer una influía en mi forma de hacer la otra.

¿Qué vino primero? Es lo mismo que preguntarse sobre el huevo y la gallina. Lo importante es que este espejo entre la comida y la Vida volvió a mostrarse útil, especialmente para alguien cuyas lecciones de vida incluyen BAJARLE AL RITMO.

La Vida quiso ser amable maestra conmigo y me dio una probadita de las mieles de la relajación. Me tomó solo un par de días lograr comer lo suficientemente lento para tener resultados tangibles en mi cuerpo y mi metabolismo. Una vez que pisé la “tierra prometida”, regresé, así sin más, a la dificultad de bajarle al ritmo, relajarme y encender mi metabolismo con mi FORMA de comer.

¿Por qué?

Dos palabras: gratificación anticipada. La Vida, como la GRAN maestra que es, me hizo saber aquello que me esperaba “del otro lado” para que así me motivara a intentarlo y, como maestra responsable, me regresó para que ahora sí “hiciera mi chamba”.

¿Cuál?

Mi trabajo de Vida. Aquél que me impedía bajarle al ritmo en general. Ese que sigo haciendo día a día y que me enseña cada vez facetas más profundas de esta lección.

En mis idas y venidas entre la relajación y la presencia, en los momentos en los que logro llevar un ritmo lento de manera natural, y en aquellos en los que he de buscarlo y promoverlo de manera consciente y activa, he podido reflexionar sobre el MIEDO que representa VIVIR EN EL PRESENTE.

Quizá sea eso lo que nos tiene en esta carrera sin fin donde, presiento, no buscamos otra cosa que salir del momento en el que estamos. Donde nos inventamos y nos creamos metas escurridizas que incluyen desde tener un “mejor cuerpo”, más dinero, un mejor trabajo, una mejor pareja, una alimentación más sana, volvernos más deportistas, tener menos arrugas, más energía, más popularidad, la salud perfecta… en resumen “SER MEJORES”.

Aunado a esto, la necesidad de hacerlo todo cada vez más y más rápido, nos ha llevado a dejar de cuestionar y a simplemente reaccionar con “soluciones” igual de inmediatas que nuestros “males” aparentes: pastillas para la indigestión, bebidas energetizantes, cambios constantes de pareja, trabajo, casa, amigos, dietas… cualquier cosa que requiera tiempo la traducimos en una “pérdida de tiempo” y automáticamente deja de ser valiosa.

A VECES PIENSO QUE PERDEMOS EL TIEMPO PERSIGUIÉNDOLO EN VEZ DE VIVIÉNDOLO.

¿Por qué?

Mi conclusión… MIEDO.

Miedo a bajarle al ritmo lo suficiente como para VERNOS.

Miedo a darnos cuenta de nuestra realidad, del pato que tengo enfrente.

Miedo a conocernos, tal cual somos.

Miedo a lo desconocido, a lo que está fuera de nuestras manos (o sea, la vida en general).

Es tanto nuestro miedo, que la “meta escurridiza” funge un papel de “Oasis de Seguridad”. Ése que nos promete la Vida eterna, aunque HOY vivamos amenazados… ¿por quién? Por nosotros mismos y por nuestro miedo a la realidad.

No sorprende tanto que vivamos corriendo… ¿verdad?

Entre más corremos, entre más “perseguimos” el tiempo (ese que siempre nos falta) menos vemos aquello que nos asusta. También tenemos menos oportunidad de VER, SENTIR, RECIBIR y EXPERIMENTAR las pequeñas cosas que nos nutren, aquellas que nos dan Vida.

Entre más corremos, más hambrientos estamos.

Una vez más, esto aplica tanto para el cuerpo como para la Vida.

Si tuviera que resumir en unos cuantos puntos las múltiples enseñanzas que esta gran maestra de Vida me ha enseñado serían:

Que el cuerpo vive únicamente respondiendo a los mensajes que YO le doy. Mi velocidad es uno de ellos… de hecho, viviendo a una alta velocidad le estoy diciendo a mi cuerpo que necesitamos huir del peligro.

Que por más que yo quiera aumentar el ritmo de mi cronómetro de vida, el cuerpo tiene un cronómetro propio y que, al no respetarlo, mi potencial se ve mermado junto con el de cada uno de los procesos de mi cuerpo. Mi digestión, mi capacidad de utilizar aquello que como y de quemar calorías, por ejemplo.

Que subirle a mi velocidad, disminuye mi percepción. Esto es, entre más rápido hago todo, menos tiempo tengo para asimilar y nutrirme con aquello que como o hago… eso explica mi eterna hambre de comida y de vida.

Que mi inteligencia física, emocional y mental, existe, pero el poner una bomba de tiempo que la amenaza de manera constante no hace más que limitarla, aumentando así mi sensación de incapacidad.

Que cuando dejo a mi cuerpo hacer lo que necesita hacer, cuando le doy el tiempo para recibir las herramientas que necesita (alimento) y me aseguro de hacerle saber que ESTAMOS BIEN, entonces esa meta inalcanzable (tras la cual corría eternamente) se materializa en el HOY y en el AHORA. Al fin y al cabo, eso que tanto perseguía es sentirme satisfecha… SENTIRME BIEN.

Que me es mucho más fácil escuchar a ese “extraño” llamado cuerpo y a sus eternos mensajes cuando voy más despacito.

Que aquello que SOY y tengo HOY, está bien, es suficiente y es justo lo que necesito. Y, el vivirlo de forma diferente solo me dice que me desconecté y que necesito reconectar conmigo y mi presente.

¿Vivo en eterna calma y sin correr?

¡En lo más mínimo!

De hecho, creo que es mi ir y venir lo que me ha servido como “clase magistral” y lo que me hará seguir aprendiendo durante el resto de mi Vida. Bajarle al ritmo requiere FLEXIBILIDAD y CONFIANZA. Los mismos ingredientes que necesito para poder asegurarle a mi Ser que no hay peligro y que el enemigo es simplemente imaginario.

Y así, cada vez que me observo subiéndole al ritmo, cada vez que me noto presionando para que algo se dé “de inmediato”, cada vez que busco una “solución milagro” o cada vez que me veo comiendo de prisa… en vez de atacarme por “hacerlo todo mal”, echo mano de mi lado compasivo, de ese lado Sabio que todos tenemos dentro y me pregunto:

“¿A qué le tienes miedo?”

Puede ser que la respuesta llegue rápido o puede ser que no, pero dicen que para obtener respuestas poderosas primero hay que HACER preguntas poderosas. Y esta poderosa interrogante, junto con el mensajero que me hizo formularla, hacen que las subidas y bajadas de mi ritmo se vuelvan grandes aliadas y grandes maestras.

Una razón más para relajarme y dejar de temer al momento PRESENTE.

 

*Texto publicado originalmente en: Blog de Gina Tager

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